LA CIUDAD ANTIGUA

RECUERDOS 1ª Parte

COMO EN TODA FAMILIA QUE SE PRECIE, SIEMPRE EXISTIRÁ AQUELLA TÍA SOLTERA, QUE NO TENÍA HIJOS, PERO TENÍA MUCHOS SOBRINOS.

No recuerdas aquellos paseos que dabas con tus hermanos y primos, por «aquella ciudad» de tu infancia. Rememorando y recordando, me sale lo siguiente.

Hace años, al colegio íbamos por la mañana y por la tarde, pero los Jueves no había clase por las tardes, y ese era realmente el día que esperábamos muchos de los que hoy peinamos canas. Solía ser el día en que nuestra tía , la soltera, la modista, nos pasaba a recoger y nos llevaba a pasear por «aquella» ciudad.

Recuerdo las visitas al Zoo, que por si no lo saben algunos, en esta ciudad, teníamos un zoológico y un pequeño acuario en el mismo centro de esta. Les sitúo, el acuario estaba junto a la entrada del Pueblo Canario, a su derecha y el zoo detrás del Hotel Santa Catalina.

La jornada empezaba con mucho jolgorio, pues nos reuniamos en casa de nuestra tía y ella nos leía «la cartilla», que para el que no conozca este termino, viene a ser mas o menos lo siguiente: «las directrices para que todo fuera bien, sin peleas y que le hiciéramos caso, pues de lo contrario nos volvíamos a casa, aunque nunca llegaba la sangre al rió y la semana siguiente nos volvía a sacar de paseo.

Bien, pues una vez reunidos, nos dirigíamos a tomar la guagua, la «UNO», que era de madera, sin puertas, con un conductor y un cobrador, el cual llevaba un pito (silvato), para indicarle al chófer que ya podía arrancar. Nuestra algarabía era muy grande y solo oíamos, «niños estén sentados», «niños no chillen», «niños no toquen el timbre», «niños no se acerquen a la puerta», «niños….» y con esta fiesta llegábamos a la parada del Parque Doramas.

Bajábamos de la guagua, justamente enfrente de donde estaban las oficinas de Aviaco (Compañía aérea de aquellos años) y empezábamos la ruta, viendo los aviones a escala que tenían en los escaparates y de paso «alguno» entraba y le daban folletos.

Continuamos la marcha, encontrándonos con cinco estanques de agua salada, bordeados de unas vallas de madera y en ellos podíamos ver infinidad de peces marinos pequeños, fulas, roncadores, bogas, cabosos, panchonas, erizos, pulpos, tortugas bobas, que se paseaban nadando y sacando la cabeza para tomar aire, etc…, eran unos estanques poco profundos y se podía ver todo. Ya empezábamos a oír los graznidos de los loros, las garzas y los rugidos de los leones, parecía que nos llamaban para que fuéramos a verlos.

Y seguimos la ruta, pasando por la entrada del Pueblo Canario, que grandes eran las bolas que enmarcan su entrada o mas bien, que pequeños eramos nosotros. Aquí, nunca entrabamos, no se el motivo, pero era así.

Unos cuarenta metros mas adelante, nos encontramos ¡por fin!, con el Parque Doramas, con sus paseos de arena gruesa del Confital, entre jardines. Aumentan los graznidos de las aves, los rugidos de los leones y los chillidos de los monos. Parece que nos estaban esperando.

Llegamos a la entrada del zoo, que parece la entrada a un Safari, nos recordaba una película de la época, de John Wayne, su titulo era «Atari». Allí, nuestra tía hace recuento de la tropa, pasa lista, estamos todos. Compra las entradas, una mayor y ….. infantiles. Nos da el dinero para comprar manises (cacahuetes), para las aves, los monos, los osos, las gacelas, los patos y los ciervos.

Ya entramos, todos corriendo, pasábamos de las aves, las dejábamos para el final, íbamos a ver a nuestro amigo «Felipe», el único mono que nos interesaba, nuestro amigo de muchos jueves. Nos recibía con carreras por su jaula, nos tiraba agua y nosotros le tirábamos manises, que él pelaba en nada de tiempo. Luego se paraba a un lado de la verja y ponía la mano, para que le siguiéramos dando manises. Había que tener cuidado, pues si te descuidabas te quitaba el cucurucho de manises y te devolvía el papel.

Continuavamos con la visita a una foca monje, que se llamaba «Sofia», Recorría su estanque de parte a parte mirando a todos los que estabamos al borde, extasiados con su ligeresa al nadar. Frente a ella teníamos a una pareja de osos grises, el macho se llamaba «Bartolo» y la hembra no recuerdo ahora. Bartolo, abría sus fauses para que le tiraramos dentro, los manises.

Junto a la jaula de Bartolo, existía otra con un oso polar. El pobre, se pasaba el día oscilando la cabeza. Nunca le vi hacer nada, solo balancearla de izquierda a derecha. Frente a esta jaula, existía un cercado con unos ciervos maravillosos, con aquellas astas y sus crías, que nos recordaban a Bambi.

Continuábamos paseando, observando a unos buitres, águilas y aves rapaces, para llegar a la jaula de los leones. Aquí encontrábamos a un gran macho, con una impresionante melena y sus hembras, rodeadas de crías. La mejor hora, es cuando les ponían de comer, daban miedo, pero la curiosidad era mucho mayor y aguantábamos detrás de nuestra tía, que para eso estaba a nuestro cuidado. Recuerdo que las crias se las compraba el Circo Price y un domador que se llamaba Ángel Cristo.

Frente a los leones, estaba una cerca con una Llama blanca y otra marrón. Ya estabamos advertidos de que no nos acercaramaos, pues la Llama escupía. Y eso, les puedo asegurar que ocurría y si no, que le pregunten a una de mis primas, que le dejaron la ropa perdida de babas.

Junto este cercado teníamos uno mas grande, lleno de gacelas, que se acercaban a recibir de nuestras manos, los manises, no mordían, cogían con delicadeza los manises de nuestras manos.

Luego quedaba el final de la excursión, que era contemplar un estanque lleno de patos que venían volando a recoger los manises, que les tirábamos al agua. Cosas de la vida, ese estanque es lo único que queda del antiguo zoo.

Ya, a la salida, contemplábamos a los Flamencos rosas y ya estábamos de nuevo corriendo por el antiguo parque Doramas. Continuábamos caminando por la calle Tomas Morales, toda bordeada de grandes palmeras canarias, hasta que llegábamos a la plaza del «Supositorio», hoy del Obelisco y la Casa de los Retales (por sus muchos colores), donde se encontraban la Casa de Socorro, La Policía Municipal (los guindillas) y nuestros amigos los bomberos que nos subían a sus camiones.

Continuábamos caminando, mientras nuestra tía, iba dejando a cada uno en su casa, sin novedad. No sin antes recordarnos, que no nos volvía a llevar de paseo. Pero eso eran cosas que decía siempre, pues el próximo Jueves por la tarde, volvía con una nueva excursión, a cualquier punto de nuestra ciudad.